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En una especie de pequeño museo en su vivienda del barrio Centenario, Jaime Molestina González-Rubio, de 85 años, conserva los recuerdos de sus viajes por el mundo como diplomático y de la época en que, montado en caballo, practicaba su deporte favorito.
A la entrada de su casa un colgador de sombreros y paraguas mantiene parte de esa historia. Toma aquel casco con el que acostumbraba a protegerse cuando cabalgaba y habla de la infinidad de veces que con un taco buscaba dirigir la pelota hacia la portería del rival.
“Fui quien fundó el Guayaquil Polo Club”, dice orgulloso al hablar de aquella etapa.
Pero no solo ese casco aparece como muestra de su mayor afición. Desde la sala se puede apreciar, al final del pasillo, una gran fotografía en blanco y negro donde aparece equipado para el deporte.
Se levanta y rememora esa época. “Era cuando tenía unos 50 años”, cuenta y señala un pergamino en el que quedó plasmado el reconocimiento del club por su aporte al polo guayaquileño.
También en su afición por el deporte, recuerda que hizo un poco de natación y de boxeo en Emelec, “cuando estaba Mr. Capwell”, dice.
Pero es quizá a la Diplomacia a la que le ha dedicado más tiempo. En una foto que mandó a enmarcar se ve a Jaime Molestina González-Rubio recibiendo al papa Juan Pablo II en Guayaquil, a su llegada en febrero de 1985. En ese entonces era jefe de Protocolo.
“Fue una experiencia maravillosa. Él fue muy cariñoso conmigo”, asegura.
Este hombre que se casó tres veces, y que actualmente comparte su vida con María del Pilar Guerra Rohde, se ha codeado también con reyes y presidentes. En uno de los estantes conserva las gráficas de cuando fue embajador de Dinamarca. “La vida diplomática era importante porque permitía compartir con los primeros personeros del mundo”, cuenta.
Vestido con guayabera, se sienta en uno de los antiguos sillones de su vivienda y dice que la etapa diplomática lo llenó de satisfacciones.
Su hoja de vida es solo una muestra de esos largos viajes. Fue vicecónsul, cónsul, embajador en países como Dinamarca, Noruega, Costa Rica, Perú e Inglaterra. Fue, dice, quien creó la Subsecretaría de Relaciones Exteriores en Guayaquil.
Aún añora su faceta empresarial, la que inició en 1962 cuando fundó la primera fábrica de postes de concreto para electrificación que hubo en el Ecuador y que se llamó Podecosa. Tuvo que venderla, confiesa, y es esa quizá una de las decisiones de las que se arrepiente.
De mantenerla, piensa, serían otros tiempos y tuviera una envidiable posición económica, en lugar de esperar la pensión jubilar que por, estos días, asegura, no sabe porqué, no le llega completa.
Los objetos antiguos, entre ellos una colección de carros clásicos en miniatura, son parte de sus pasatiempos. En su vivienda de la calle Rosa Borja de Icaza hay espadas, candelabros, vajillas, sillones y otros artículos que son herencia familiar y que datan del siglo XVIII.
Vuelve a aquel sitio donde cuelga los sombreros, uno de marino, del que también conserva una foto, otro de explorador y una decena más, parte de los recuerdos que guarda de sus visitas a más de 50 países del mundo.
Revela que como abogado ejerció muy poco. La profesión fue solo un paso para alcanzar lo que realmente le gustaba: la Diplomacia. Fue esta precisamente la que le dio al menos 22 preseas, de las que conserva algunas en la sala de su casa.
Hijo de José María Molestina Ordeñana y Lucila González-Rubio, cuenta que por el lado paterno la familia llegó a tener mucho dinero, pero que a él nunca le importó llenarse de lujos. Lo que sí le interesaba era ganar experiencias, las que por estos días recapitula y llama su mayor tesoro.
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